viernes, 24 de febrero de 2017

GABRIEL H. SANCHEZ [19.965]


Gabriel H. Sanchez

Gabriel H. Sanchez es escritor, poeta y documentalista, vive en el Río Grande Valley, sur de Texas. Su maestría es de la Universidad de Texas Pan American. Ha sido traductor para el periódico Río Grande Valley, escribe el blog "Cross Sections" y es director de la Coalition of New Chican@ Artists, una organización no gubernamental que promueve arte, literatura, cine y la experiencia chicana del sur de Texas. Sus libros son The Fluid Chicano, es coautor de Nuevas Voces Poéticas, y es editor de la antología Lost: Children of the River.

Gabriel es un Renaissanceman. Se involucra en diferentes proyectos culturales que siempre lo llevan a explorar la identidad chicana en sus múltiples facetas. Para Gabriel, ser chicano es tener una identidad flexible: identidad fluida que se desplaza entre idiomas, sentires, paisajes, regiones geográficas y formas de experimentar el mundo. Para él la identidad no es fija e inamovible, al contrario, está en un constante devenir, casi a manera de dialéctica existencial. No le tiene miedo al conflicto interno, sabe que la síntesis será un catalizador para el crecimiento, para descubrir los puntos ciegos.  

No se deja definir por lo que la sociedad le impone, cuestiona y reta los estereotipos raciales, lingüísticos y culturales que se le adscriben a muchos chicanos en los Estados Unidos. También pone en práctica estas ideas y se lanza sin miedo, al vacío, para traspasar sus propias limitaciones y las impuestas por la sociedad.  

Gabriel es hijo de la tierra que habita, el sur de Texas, el Río Grande Valley, zona fronteriza, suelo dividido por un muro, por el mar o por un río, tierra de paso y al mismo tiempo, hogar para muchos. El cambio es una constante en la vida de Sanchez, el fluir entre lenguas, entre personas es el pan de cada día. Sus ideas se filtran entre los metales del muro fronterizo, se cuelan por los agujeros, entre los barrotes, nada lo detiene y él, chicano, renace con una identidad enriquecida, que vuela a pesar de los límites que se le quieren imponer. Reclama una identidad que se desdobla y fluye, que es fuerte y flexible al mismo tiempo.  

Estas experiencias se reflejan en su poesía, la cual escribe principalmente en inglés; tiene poemas en español y mezcla también ambos idiomas. Mucha de su poesía es poesía concreta. La identidad y la frontera, física y mental, impuesta o autoimpuesta, son temas que encontramos en la voz poética de sus páginas. Todo esto leemos en su obra.  

Para esta ocasión he seleccionado y traducido los siguientes poemas “El muro se está cayendo”, “Soy puente” y “Palabras del río”.

Por Xánath Caraza
Copatrocinado por el Smithsonian Latino Virtual Museum





El muro se está cayendo

Este muro está llegando al pueblo
Va a seccionar el suelo 
Sureño de Texas
Afilado, letal, Románico
Va a herir el cuerpo
De víctimas que quieren pasar
Por esta tierra que es nuestra
Usarlo como atajo
Daga de obsidiana
Desgarra nuestros pechos
Quiere detener el corazón
Que pulsa con el movimiento de
Migraciones milenarias del pasado
Hacen eco en la migración de hoy
Las vidas de los hombres destinadas
A un constante ciclo de la marea
Ninguna ley dicta los movimientos
Ni bien ni mal define la acción
La naturaleza debe tomar su rumbo
O eventualmente habrá guerra…

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Atrocidades que hacen
Rebelde el espíritu
Como cazar ilegales
En el desierto como culebras
O dispararle balas a un hombre
Que sostiene piedras
Y llamarlo auto defensa
(Se te olvidó declarar
Que nunca te las tiró a ti, ¡Sr. Migra!)
Este muro se está cayendo sobre nosotros
Hace su gira
Desde Alemania donde fracasó por el peso de su odio

Está debutando en grande, finge ser nuevo
Crea un lienzo para que los chicanos pinten
Para que los vatos y rucas reclamen la página
Picos y hachas, voces y plumas

Tomaremos las calles hasta el fin
Gritaremos por estos pueblos sureños de Texas
El muro se está cayendo
EL MURO SE ESTÁ CAYENDO
¡EL MURO SE ESTÁ CAYENDO!




Soy puente

“¡Te has separado!
¡Te has colocado en el lado opuesto de la corriente americana!”
Eso me dijo
Está equivocado
¡Soy puente!
Soy voz que se levanta desde la orilla del río
Demando, reclamo, me aferro a una identidad
Mi identidad
No la que me ha dado
Sino la que elegí cuando vi lal uz
Como cristiano renacido
Soy chicano que ha vuelto a nacer
Caóticamente equilibrado y calmado
Que contrasta y se conflictúa con los guiones sociales
Aún como chicano no puedo resistir
Trascender las expectativas
Externas e internas
Intentar siempre ser fluido
Oscilar desde la copa americana a la mexicana
Desde la copa de minoría a la de inmigrante
Ser y no ser
Agua de río que fluye para demarcar
Y puente que desde lo alto sostiene ambos mundos 




Palabras del río

Hay palabras nacidas en el río
Entre torrentes que fluyen por veredas
Como venas de un ser
Que busca encontrar una sola voz

Hay palabras que crean el eco olvidado del pasado
Surge de entre cascadas de donde grita y reclama
“No se olviden de mí”
Retumba en la tierra

A veces las palabras se convierten en seres
Son bajos de estatura
Son diferentes a nosotros
Viajan sobre un ser feroz
A veces los devora y así siguen su culto

Estos seres tienen ojos que piden pausa
Sus bocas son templos de los cuales nada impuro surge
Sólo el clamor de un ser refugiado en la incertidumbre
Estos seres extienden sus manos, piden clemencia

Es la bestia que sus vidas consumió
Escupiéndolas sobre el río donde las palabras se estremecen en nuestros oídos
Para renacer en esta tierra soñada, las almas mojadas se colocan
Al margen de la vida y la muerte
Buscan ser amadas y no deportadas ni abortadas como indeseables fetos




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MARCO FIDEL CARDONA [19.964]


MARCO FIDEL CARDONA 

Marco Fidel Cardona (Bogotá, Colombia 1987). Profesional en estudios literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo de grado se tituló La poesía mestiza de César Vallejo frente a las vanguardias: un conflicto para la historia literaria. Actualmente cursa la maestría en escrituras creativas de la Universidad Nacional de Colombia y se desempeña como editor de texto escolar y de material investigativo. En 2008 fue el ganador del Primer premio nacional de poesía estudiantil El Quijote de acero, de la Universidad Tecnológica de Pereira.



Caída y árbol

El silencio se rasga con la fractura de una rama
y en la caída del niño, en sus lamentos,
se presiente la gravedad frontal de la mirada.
Llamarse hombre es siempre haber sobrevivido,
y el sobreviviente vuelve al bosque en medio de la tala,
como si buscara una palabra,
un ruido, una forma,
un árbol que le caiga en la mollera
para velar por tres jornadas sus escombros.
Puede que así se levante el niño
y vuelva a confundirse con el bosque.
Llevaría nuevamente en sus oídos un zumbido,
la canción del hilo cáñamo y los botones
con que su tío hacía los juguetes,
un trompo de bailar perpetuo.
Así, tal vez,
sus palabras se vuelvan enjambres de abejas,
la condena de las alas de los colibríes,
una tarde de mayo intentando alcanzar a los hermanos
que torturan cucarrones.
Así
sus pupilas seguirán buscando en la copa de los árboles
un lugar para esperar la noche.




La luz de esta mañana

Este conmoverse en la mañana 
con la luz que ojalá vuelva un día
(así uno solo sea aunque lejano)
llena de sentido la vigilia
cuando la piel se desprende
en sobresalto de la carne.
Este conmoverse es delirar con las heridas
cuando hace ya tiempo quien presiente,
quien presagia
se ha vuelto un hombre ajeno
a este otro hombre que galopa hacia el trabajo
y en cuyo galopar por caminos prolongados
el rumor de la fiebre delata a un niño.
Este partirse en dos,
tan elemental por comprensible,
y querer llenar de honra
a los niños de la escuela,
que remendaban a mano sus sacos azul oscuro
con hilo blanco,
y que hoy
niños si vuelve la luz de esta mañana,
si esta luz es una promesa,
si este hombre elemental y dividido
es digno de honrar el color empolvecido de sus zapatos
que levantan el cascajo por el camellón,
son aun más niños
enterrando a un perro en lunes de pascua
(víctima de un veneno infame)
y arrojándole terrones al costado mortecino.




Nocturno anfibio

Quebrada arriba
somos dos anfibios que peregrinan
hacia un nacimiento de gotas y raíces,
hacia aquella noche
en que la corriente era un monólogo entre piedras
interrumpido por una rama desgajada.
De vuelta y sobrecogidos
nos detenemos a descifrar las estrellas
cuyo sentido
                        se acerca y se aleja
al compás de nuestros saltos.
Así seremos el croar de la noche entera.



Hastío laboral

Se despierta uno muerto a veces,
con un sabor a jugos gástricos en la boca,
irremediable,
irreversiblemente amargo por su propia muerte,
y no deja uno de preocuparse
por tanto trabajo inconcluso,
mal pago;
tanto trabajo sobre la cama
y junto a la cama y debajo:
todo el trabajo señalando su cadáver
desde el escritorio.
–Habrá que organizarlo– se dice uno mismo
cadavérico y fijos los ojos en el escritorio –cuando termine.
Y no acaba uno de morirse
cuando se levanta a tender la cama,
por enésima vez con las tablas caídas.
Dejarlas en el suelo
hasta que alguien se tope con la calamidad
y, melancólico, espante a la mosca
que ronda a los muertos,
como si no hubiera más opciones:
Apenas ir a la cocina
y beber café con leche,
padecer con dignidad el ataque de bilis
sin gesticular,
pues uno está muerto
y los cadáveres retorcidos
estropean el ritual de la dulzura.
Apoyarse, entonces, en el páncreas
sin que obste la pila de trabajo
que lo espera a uno junto a su cuerpo
            y sobre su cuerpo
                                               y debajo.
Volver a la cama
y no reportarse fallecido.
¿Acaso no es mejor que no se enteren?
¿cómo debe comportarse un cadáver
para quedarse quieto y ponerse frío?
Puede que uno sepa cómo hacerlo:
una rápida mirada a lo simultáneo,
a la batuta alcantarillada de aquella infancia
y su séquito de políglotas
cuyas convicciones apenas si salen de sus dientes.
Ser un desplazado de las sonrisas blancas,
pariente de la caracajada de sangre final
de un romántico en una cena;
diente renegrido y antibióticos.
Así quién no se enfría
y cómo no quedarse quieto,
ya que uno amanece muerto a veces.




Cadáver de colibrí

Solo lo incierto de la muerte
se compara
con la velocidad inmóvil
de sus alas.




Bodas de sangre, de Carlos Saura

Danzar una ironía.
Dos personas duermen
y sus sueños coinciden;
coinciden también sus gestos,
pero el sueño trágico impera sobre el ideal.
Hasta el ideal del sueño
se tiñe de tragedia,
de bailar dormidos
y el inminente despertar.
Ahora dos amantes
parecen bailar al ritmo de los párpados.








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miércoles, 22 de febrero de 2017

R. RAYARÚ [19.963]

Foto: Teo Fagalde Robinson



R. RAYARÚ

R. Rayarù  [es el alter ego de Alfredo Luis Fagalde Astorga], nació el 7 de julio del año 1967, en Santiago de Chile. En el año 1992 escapa de su país, para radicarse en Valencia, España. Entra clandestinamente, sin dinero ni documentos para poder establecerse, solo con un puñado de sueños y tres cuadros de formato grande. Aparte de Chile y España, ha vivido en Estados Unidos, Suiza e Italia. Actualmente reside en la ciudad de Malmö, Suecia. Extracomunitario por opción política –no le queda otra–, ciudadano del mundo por elección. Apasionado del arte contemporaneo, musica de jazz, cine y literatura, trabaja como interior designer. Desde los años 90 hasta el 2006 ha desarrollado una carrera como artista plástico, realizando exposiciones personales y colectivas de pintura, instalaciones y video–instalaciones. Ha expuesto en galerías de arte en España, Italia, Chile y Bélgica. Destaca su participación en la Bienal de Arte de Venecia en el año 2006 con un vídeo titulado “El Amor de Chile” (inspirado en la obra poética de Raúl Zurita). Actualmente ha dado un giro radical a su carrera como artista plástico y ha colgado los pinceles por un periodo de tiempo indefinido. Su interés por la poesía y la escritura data desde su adolescencia en Chile. Nunca ha publicado ni tampoco ha tratado de hacerlo –esta es la primera vez–.




Poemacrónico n° 102

“I hear an army charging upon the land,
and the thunder of horses plunging; foam about their knees”*

James Joyce

¿Qué sucede a nuestro cuerpo cuándo leemos poesía?
(explicación en sesenta y nueve puntos)

1. Nos sentimos felices, comemos cerezas amarillas y escupimos sus cuescos dorados entre un verso y el otro.

2. Pensamos que este tipo está loco, que no es un poeta. Qué no existen las cerezas amarillas con los cuescos dorados.

3. Bajamos nuestras expectativas. Nos concentramos más en comer cerezas que en los versos escritos. Giramos las páginas con desgano y hasta con desidia. Escupimos con fuerza los cuescos sanguinolentos al suelo.

4. Pensamos en él, en ella. En ese ser especial que nos regaló el libro que tenemos entre las manos, aún sin haberlo leído pero probablemente pensando en nosotros. Imaginando este momento: nosotros solos en algún rincón, sentados o echados, leyendo. De pie y en voz alta, los más osados. Pero en todo caso con el mismo libro que ese ser especial tubo entre las manos, ojeó sus páginas, leyó algunos versos o incluso poemas enteros. Luego lo cerró y después de meditar unos instantes, pensó que era el libro justo para ti.

5. Cerramos los ojos y visualizamos un plato suculento de cerezas frescas. Escudriñamos con los ojos –siempre cerrados– y visualizamos destellos dorados en su interior.

6. Inmediatamente pensamos en los cuescos. Nos sentimos ligeramente incómodos y algo infantiles, pero lo aceptamos.

7. Continuamos leyendo. Algunas frases nos golpean fuerte. Sentimos escalofríos al comprobar que el poeta sabe tanto de nosotros como sabemos nosotros mismos. A veces inclusive, pareciera que más.

8. Nos sentimos estúpidamente desnudos. Nos da rabia. Juntamos las piernas y encojemos un poco los brazos. Miramos hacia atrás, luego con recelo fijamos el libro que tenemos en las manos. Miramos hacia otro lado y luego continuamos la lectura –un poco distraídos–.

9. Nos cuesta concentrarnos. Cerramos el libro. Meditamos mirando la cubierta y repitiendo entre labios el título del libro y el nombre del autor –que no conocíamos–.

10. Nos concentramos en detalles técnicos: editorial, año de publicación, otros títulos de la colección o inclusive del mismo autor, tipo de papel, tapas duras –nos gustan las tapas duras pero no sabemos por qué–. Analizamos la cubierta, la gráfica –la fotografía si la tuviese–. Leemos con recelo, casi con envidia el pequeño curriculum del autor. Pensamos por un momento que es presuntuoso, luego pensamos que tal vez somos demasiado severos.

11. Tomamos el teléfono para llamar a la persona que nos regaló el libro. Querríamos agradecerle nuevamente ese bonito gesto. Decirle que el libro es maravilloso y que absolutamente tendría que leerlo. Que estamos por terminarlo y se lo podríamos prestar, si él o ella quiere.

12. Pensamos en qué sería más apropiado: ¿una llamada o un mensaje?

13. Algo nos frena. Pensamos que la lectura de poesía no es en realidad maravillosa. Es más bien una patada en los huevos o el los ovarios –según sea el caso–. Piensas qué ese momento de dialogo entre el autor y tú es único. Qué es algo imposible de compartir con alguien. Ni siquiera con esa persona que con un cierto esmero y hasta acierto, eligió este libro para ti.

14. Definitivamente abandonamos la idea del teléfono. A falta de un lugar apropiado para dejarlo, lo apoyamos en el suelo –antes estaba en el bolsillo, pero nos incomodaba–.

15. Al dejarlo vemos de reojo un montón de cuescos de cerezas dorados. Instintivamente miramos hacia otro lado –asustados se diría–.

16. Mientras nos agachamos vemos que el zapato izquierdo se nos ha desamarrado. Rehacemos el nudo mientras de reojo seguimos mirando los cuescos en el suelo. Ya nos asustan menos.

17. Movemos el teléfono hasta algún sitio seguro y regresamos a la posición de lectura.

18. Nos acomodamos el chaleco, abrimos el libro y buscamos la distancia correcta entre los ojos y el texto. Nos frotamos los ojos con fuerza y lo intentamos nuevamente. Ahora va mejor.

19. Piensas que por algún extraño motivo se ha creado una conexión directa entre el autor y tú.

20. Piensas que finalmente se ha creado esa conexión mágica. Que al menos en ese momento es indestructible.

21. Sientes pena por la persona que te regaló el libro. Aunque quisieras, no la puedes incorporar.

22. Piensas que los tríos literarios no funcionan. Crees firmemente en las fieles relaciones personales entre el lector y el autor. Intimas, te gustaría definirlas, pero piensas que tal vez exageras un poco.

23. Por segundos te aferras al autor. Crees que de verdad te entiende. Te sientes como una niña o niño y te dejas llevar por sus versos. Te dejas arrastrar por esa atmósfera incomprensible pero verdadera que él ha creado exclusivamente para ti.

24. Por instantes te deleitas con la poesía, aunque te duela. Caes, te arrastrás y te levantas muchas veces. Finalmente te entregas a ella. Estás dispuesta o dispuesto a todo.

25. Piensas en otros autores que te han provocado algo parecido.

26. Piensas en tus autores favoritos –si es que los tienes–. Si no es así, piensas en los más populares, esos que están en boca de muchos. Esos de los cuales se habla mucho, en realidad más de lo que se los lee. Piensas en la frivolidad de lo que recién has pensado, pero no te avergüenzas del todo. Te sientes casi orgulloso de haberlo pensado.

27. Te das cuenta de lo poco popular que es en realidad la poesía –y la lectura en general–.

28. Piensas que Chile, casi por error es un país de poetas. En realidad sabes que son muy pocos los que leen poesía a parte de los mismos poetas.

29. Te vas lejos de Chile con tu búsqueda poética. Tropiezas con Paz, con Dylan Thomas, con Eliot, con Ezra Pound y con Whitman.

30. Piensas en la cantidad de grandes poetas que generó Norteamérica en el siglo pasado y en el anterior –piensas que Paz también es norteamericano–. Inmediatamente piensas que Chile es un país pequeño por donde se lo mire. Flaco y largo. Algo raquítico en realidad. Eso te entristece un poco.

31. Te sientes pequeño e ignorante. Más que antes, mucho más…

32. Te atreves a atravesar el Atlántico hacia el viejo continente, en busca de los poetas muertos por el olvido. Encuentras la poesía de Baudelaire, de Rimbaud, de Rilke, de Cernuda, de Artaud, de Tranströmer y de Leopoldo María Panero.

33. Piensas que García Lorca es insuperable. Te jode tremendamente la injusticia de su muerte. La lloras en silencio. Te vienen en mente algunos versos de Un Poeta en Nueva York pero no puedes recitarlos. Se te ha hecho un nudo en el estómago.

34. Buscas las raíces de tu propia poesía debajo de la tierra –si es que la tienes–.

35. Unas lágrimas te atraviesan los ojos. Te las secas violentamente con la mano y escupes un cuesco que se ha calentado y alisado de estar tanto tiempo dentro de tu boca. De reojo, mientras el cuesco cae al suelo, te pareciera ver destellos dorados. Los ignoras y te avergüenzas sin saber por qué.

36. Vuelves a tus raíces. Necesitas la seguridad de estar en casa, en tu tierra. En tu lengua.

37. Vuelves a la poesía de Borges, de Huidobro, de Parra, de Vallejo, de Zurita, de Lihn, de Lira y hasta de Neruda.

38. Piensas en la Mistral y te sientes asquerosamente machista.

39. Piensas en Virginia Woolf sentada en su habitación –escribiendo–.

40. Te preguntas por qué no publicó a Joyce. ¿Tal vez era feminista?

41. Piensas que el mundo es asquerosamente machista y que tú no puedes hacer nada para cambiarlo.

42. Piensas qué el mundo es en realidad, terriblemente violento y absurdo.

43. Cierras todos los libros abiertos en tu cabeza y tratas de no pensar en nada.

44. Descubres que el no pensar en nada, en el fondo, es igualmente pensar en algo.

45. Te sientes infinitamente pequeño frente al mundo, frente a la nada, a la naturaleza.

46. Por un momento piensas que todo podría desaparecer en un instante. En realidad que el hombre podría desaparecer. Pero que probablemente en ese momento, el mundo seguirá girando sobre si mismo. Vivo, a pesar nuestro.

47. Vez eso con una extraña certeza. En el fondo sabes que el mundo encontrará la forma de sobrevivir, de mutar. Finalmente de salvarse… no así el ser humano.

48. Un rayo frío atraviesa tu cuerpo en ese momento. Lo superas.

49. La nada se transforma en algo que crece dentro de ti y que tú ya no puedes controlar.

50. Tratas de mirar tu SER como algo importante. Pero descubres que es cada vez más pequeño.

51. Tratas de darte ánimo, de crecer. De hacerte grande y fuerte a pesar de todo.

52. Regresas a tu tierra, a tus desiertos, a tus montañas y tu mar.

53. Tu gente te incomoda, pero lo aceptas.

54. Por un momento te sientes en casa, al seguro. Aunque en realidad no sepas bien: a qué tienes que temer ni porqué.

55. Lees el nombre del autor del libro que te llevó hasta este punto crítico.

56. Piensas que es un idiota.

57. Piensas qué si el mundo es como es y, Dios no ha podido hacer nada para mejorar las cosas, menos podrá hacer un poeta mediocre y totalmente desconocido.

58. Abres nuevamente el libro en una página cualquiera. Lees una frase. Un verso libre de esos que te habían llamado la atención al comienzo –tal vez hasta lo habías subrayado–.

59. Relees detenidamente el verso, tratando de retener la esencia de las palabras, de eso que no está escrito. Te tratas de concentrar en los silencios, pero finalmente lo haces en el plato de cerezas sanguinolentas que vez con la cola del ojo a tu derecha.

60. Eliges una. No la más bonita ni la más grande. Simplemente una que por algún motivo crees que es especial.

61. Dejas de lado la rabia y la tomas con tus dedos torpes procurando de ser lo más delicado posible. La dejas colgando y observas el péndulo que se mueve nerviosamente frente a tus ojos. Tratas de seguir el movimiento. Es imposible. Te mareas.

62. La acaricias antes de llevártela a la boca. Hueles su perfume. Sacas la lengua y finalmente la depositas suavemente en ella. Antes de eso la chupas estirando la lengua con un gesto que te parece ridículamente erótico.

63. La muerdes. Es extremadamente jugosa. La saboreas en un modo diferente que a las otras. Te convences que de verdad era especial. Definitivamente la más rica de todas las que has comido hasta ese momento. Te saboreas los restos de jugo que aún se pasean en tu boca mezclados con tu saliva mientras chupas el cuesco hasta quitarle toda su sabrosa carne.

64. Piensas que eres estúpido. Qué la poesía ha cambiado algo dentro de ti. No lo aceptas. Te ríes nerviosamente. Miras para otro lado, pensando que alguien te espía.

65. Desconfías del autor en primer lugar.

66. Imaginas una cámara diminuta escondida en alguna parte en el lomo del libro. Pones la encima. Son estupideces, piensas.

67. Escupes el cuesco distraídamente y sonríes sin saber por qué.

68. Una vez en el suelo, descubres con emoción que es dorado.

69. Sacas la lengua, incrédulo. La mueves hacia un lado y miras de reojo esperando verla muy roja. Sanguinolenta.

*
“Oigo sobre la tierra las huestes a la carga,
estruendo de caballos que embisten, con espuma en los cascos”





Sueño n° 435

“A veces soy inmensamente feliz.
No importa lo que yo te diga”.
Roberto Bolaño

Soñé que era Bolaño y que estaba en Chile. Que tenía veintiún años y que iba a la casa de Nicanor Parra a despedirme. Lo encontraba de pie, apoyado en una pared negra:
—¿Adónde vas Bolaño?
—No soy Bolaño, soy Rayarù
—Es igual. En sueños nadie es quien cree ser, como en la vida nadie es quien quiere ser…
Si te deja más tranquilo, te reformulo la pregunta con Rayarù
—No hace falta. Voy al hemisferio norte, al cabo norte para ser exacto. Dicen que allí hay un hoyo negro que te catapulta directamente hasta el polo sur en cosa de segundos
—¡Ya!… es la manera más rápida de regresar a Chile
—Así parece
—¡Suerte Rayarù! De esos viajes no se regresa vivo– dijo Parra mientras abría una puerta invisible en la pared.
—¿Cuándo regrese te encontraré viejo poeta?
—Estoy luchando contra la inmortalidad.
—Suerte Don Nicanor, aunque ya esté viejo para esos trotes.



Sueño n° 279

“Percibí entonces la sensación más extraña, no era de hecho el miedo de asustarme.
Era el vacío de mi propio miedo. Era el temor por la ausencia de miedo”.
Witold Gombrowicz

Yo estaba en cuclillas, una luz me cegaba la visión. Una sucesión de colores pasaban frente a mí a gran velocidad. Desde esa posición observaba sin abrir la boca, sin mover un músculo, sin pestañear. Sin pensar. No me encontraba cómodo pero tampoco tenía miedo, a pesar de lo aterrador que era ese lugar, esa situación. No sabía cómo había llegado allí. No tenía verdadera conciencia del tiempo transcurrido ni menos como liberarme de esta posición, tanto física como mental. Suponía que era un sueño, un sueño real, más real que la realidad que podía imaginar. Miré hacia ambos lados: mi vida. A un lado, un pasado inexistente, y hacia el otro, ese presente que se encontraba detenido, que no se decidía a avanzar. Pensaba inútilmente que bastaba una pequeña fuerza para vencer la inercia, para que todo comenzara a moverse nuevamente. Lentamente, paso a paso, segundo a segundo, de forma majestuosa. Pensaba que ese movimiento de alguna manera reconstruiría también el pasado y encendería el interruptor del futuro. Pero no fue así. Seguía atrapado en ese presente inmóvil, estático. Me sentía petrificado como el mármol de una escultura: frío e inerte. Si hubiese tenido un reloj probablemente sus manecillas habrían estado, por alguna razón inexplicable, eternamente detenidas. Poco a poco me estaba acostumbrando a ello y lo peor es que en el fondo me gustaba y me aterraba al mismo tiempo. Descubrí que la luz provenía desde el interior de mis ojos. Lentamente los abrí y la luz comenzó a desaparecer hasta convertirse en un punto blanco diminuto. Estaba en un charco de agua de no más de cinco centímetros de altura, apenas me llegaba a los tobillos. Me encontraba dentro de una habitación redonda sin ventanas ni puertas, un cilindro prefecto de unos seis metros de diámetro y unos cuatro de altura, no tenía techo. Arriba, el cielo estaba nublado y entre la bruma se asomaban algunas estrellas con una luz muy débil, casi a punto de extinguirse. Miré a mi alrededor tratando de reconocer algo, de reconocerme en este lugar inhóspito y húmedo. Me miré los pies, estaba descalzo, el agua reflejaba mi cuerpo completamente desnudo. En el fondo del charco empezó a hacerse visible un texto. Sus caracteres se hacían más nítidos mientras el agua detenía completamente sus ondas y un delicado velo de polvo grisáceo se depositaba en el fondo:
“El pasado es la huella de una vida que aun no hemos vivido, pero que en el fondo es todas las vidas que nos quedan por vivir.” (J. L. B.)
De repente, el texto desapareció, nuevamente estaban mis pies cubiertos por unos centímetros de agua y el mismo velo de polvo que había visto antes. Las uñas de mis pies estaban recubiertas de musgo y algas, habían echado raíces y estaban ancladas en el suelo como tentáculos que se enterraban en la tierra y reaparecían por toda la habitación. Respiré profundamente. Al fin algo estaba cambiando.




Sueño n° 169

“Sufro por los recuerdos, o por la sombra de los recuerdos”.
J. M. Coetzee

Sueño que camino sobre una cuerda suspendida a unos treinta metros del suelo, entre dos torres medievales. Mientras camino sobre ella, abajo veo miles de cadáveres sangrientos, algunos cuerpos siguen vivos, agonizantes. Desde arriba veo el último hilo de vida que les cuelga de la boca, que les chorrea como la baba a un anciano. Avanzó despacio sobre la cuerda que me parece interminable. Cada dos pasos aparece un pequeño número desdibujado en su superficie: 1917, 1939, 1967, 2003, 2011, 2015; así sucesivamente a medida que avanzo. Abajo las pilas de hombres, entre muertos y agonizantes, aumenta, se amontonan unos sobre otros, huelen a sangre, a heridas abiertas, a infierno. A petróleo oscuro y viscoso que arde sin llamas como el napalm. Algunos deliran, otros gritan y se quejan con una voz sorda que se les pierde en el pecho. No tienen ojos, solo un hueco negro por el que salen algunas pequeñas llamaradas que iluminan su terror. Algunos tienen las extremidades mutiladas; otros, el cuerpo cortado completamente por la mitad. El montón de cuerpos crece a medida que avanzo, ellos se arrastran como pueden. Se me acercan, me miran con las cavidades de sus ojos huecas y profundas. De cerca puedo distinguir sus uniformes ajados y sucios por el combate, sus nombres bordados en el pecho, sus banderas, sus medallas, sus grados. Estiran sus manos y sus piernas, tratan de tocarme, de apresarme; yo les doy patadas y trato de zafarme.

–Es un sueño me repito.

Me distraigo pensando que nada de esto es real, que no puede ser real. Que nosotros hemos creado esto. Uno de ellos me apresa una pierna, luego otro, la otra. Quedo inmóvil sobre la cuerda con esos brazos como tentáculos que poco a poco me envuelven. Veo sus rostros desde cerca, penetro en la profundidad vacía de sus miradas iluminadas desde adentro. Leo sus nombres: xxxxxxxxxxxx.

–Es un sueño me repito, es un sueño.

Un soldado con el rostro deformado me aferra la cara entre una mano y un antebrazo amputado. Instintivamente bajo la vista ante esa imagen terrible. Avergonzado leo su nombre: L. Siegfried.
Él me susurra a la cara con un aliento aterrador:
–Yo soy el inicio del fin…

–Es un sueño Rayarù, es un sueño.





LUIZ CORONEL [19.962]


LUIZ CORONEL

Luiz Coronel (Bagé, Brasil 1938) es poeta, ensayista, cronista, compositor y editor. Está considerado uno de los mayores creadores del cancionero de la pampa brasileña y una de las voces poéticas más significativas del estado brasileño de Río Grande del Sur.

Bacharel em Direito, Sociologia e Política, reside em Porto Alegre, onde trabalha como diretor de publicidade. Criou e dirige a Exitus, empresa de publicidade. É compositor musical, possuindo diversos prêmios como letrista nas Califórnias da canção nativa. Poeta, sua obra é voltada preferencialmente para a temática da terra, no que retoma a tradição do cancioneiro sul-rio-grandense. Dentre suas obras literárias, destacam-se: Mundaréu, Retirantes do sul, Cavalos do tempo, Baile de máscaras, Pirâmide noturna, Clássicos do Regionalismo Gaúcho. sua obra recebeu diversos prêmios, entre os quais: Prêmio Influência Poesia Espanhola, Universidade de Pamplona, Espanha, em 1990, e Premio Octavio Paz, da Revista Plural, Universidade do México, pelo livro Pirâmide Noturna. 

                  



El espacio donde habita la poesía tiene una temperatura determinada y sus cielos pueden estar vacíos o circundados de nubes. En la poesía hay un clima como en cualquier región del mundo, donde surgen días luminosos y tardes lluviosas y, cuando llueve y luego escampa, sale el sol con su redoblar de tambores de luz y de calor. El poeta escribe entonces sus poemas como quien reparte sombrillas a los cegados y sudorosos veraneantes. Así inició su lectura el poeta Luiz Coronel, oriundo del estado de Río Grande de Sur, en la pequeña sala de la Residencia de Estudiantes, donde ya se escuchó la voz de Federico García Lorca o de Octavio Paz, y también las de los poetas brasileños Haroldo de Campos, Ferreira Gullar, Lêdo Ivo o Carlos Nejar.

La poesía y el poema nacen, de repente, como ráfagas luminosas en la tiniebla cotidiana. Vienen acompañados por su propia musicalidad como una canción, como una de esas melodías que se oyen en la distancia, en la noche, en lejanos parajes y extrañas ciudades. Llega y se presenta como un cuerpo hecho de palabras y de sonidos, con su aliento agitado y unos labios, donde arde “un áspero gusto de vida”. La poesía tiene la anatomía de una mujer, porque el poeta es un hombre y desea abrazar con todas sus fuerzas, hasta el “desvarío de los sentidos”, esa presencia que es semejante a un territorio con sus noches y sus días, sus nubes y sus cielos claros, con sus secretos, sus remolinos y ventiscas. Y fue así, a oleadas, como nos llegó la voz de un poeta de la pampa brasileña, llena de historias vividas o contadas que luego formarían parte de su propia epidermis, que más tarde alimentarían sus cuerdas vocales, y se habrían de convertir en gritos o en gemidos, en sensuales lamentos o en apasionados incendios, pues el canto se condensa en brasa y acaba por quemar.

Luiz Coronel es un poeta de la infancia y del amor. Y también de los gestos heroicos de todos aquellos que tiñeron con su sangre la pampa siempre verde y sedienta. Por sus versos cabalga Gaudêncio Sete Luas y la tropa de lanceros de la escuadra farroupilla. Por la noche, los cuerpos cansados, las gargantas resecas, se oyen contar los decires e historias a la luz del fuego y al calor del mate y la rapadura. Y entre los presentes alguien menciona, entre susurros, el nombre de Leontina das Dores, la que tanto sufrió de amor, de soledades y de encuentros furtivos. ¡Ah, el amor! Luiz Coronel gira y gira, viaja y recorre tierras, pero siempre vuelve al mismo sitio. Y ese lugar es una casa y un lecho de mujer.

Y nosotros, los que le escuchábamos, no sabíamos que la pampa era semejante a un mar verde, intensamente verde, que se encrespaba en oleajes de hierba. E ignorábamos que el viento, cuando sopla, trae aromas de jazmín y canciones de tierras distantes, que las mujeres son aguerridas, valientes y tejen con su sangre los colores de la bandera farroupilla, enseña que ondea al viento esa legión de guerreros que fundaron la República de Piratiní.

En Luiz Coronel late el aliento épico, como la voz lírica o el epitafio fúnebre. Contaba en Madrid que los muertos cuando mueren se llevan su sombra y nos dejan su luz. Y, en el claroscuro de las vidas, los héroes legendarios son semejantes a los más cotidianos, a aquellos que recorren sus existencias junto a las nuestras: unos y otros se pierden igualmente en la distancia inalcanzable, pero dejan su recuerdo luminoso, ese aroma inconfundible que se hace un hueco en los recodos de la memoria.

De Luiz Coronel se han dicho muchas cosas. Los poetas que ya estuvieron leyendo sus versos en la Residencia han comentado su “alegría y dolor de vivir con los ojos y los oídos atentos a las imágenes y los rumores del mundo” (Lêdo Ivo), su expresividad poética que es como “una tempestad de la pampa, como una nube cargada de lluvia o un sol generoso” (Marco Lucchesi), o han resaltado la conjunción, en sus canciones, de la melodía con las imágenes que “hablan mágicamente con el lector de forma sorprendente” (Carlos Nejar).

Entre los grandes escritores de Río Grande, en cuyos orígenes habría que situar al maestro Érico Veríssimo, en todos aquellos que han cantado y narrado esas tierras del sur, fronterizas y combativas, tiernas e indomables, están el narrador Luiz Antonio Assis Brasil, el cronista Luis Fernando Veríssimo o el poeta Armindo Trevisan. Y entre todos ellos, a su vera, con trote ligero de gaucho, está Luiz Coronel.

Dijo Carlos Drummond de Andrade que su poesía era una combinación feliz de humor, poesía y arte, en definitiva, una fiesta. Y por eso la vieja Residencia de Estudiantes rejuveneció con su voz y la Casa de las Conchas, de Salamanca, se inundó de melodías. Cantaba Luiz Coronel: todos acogimos su voz luminosa y él se llevó la sombra.

Antonio Maura



La poesía

Antes de ser palabra,
figura,
la poesía
se anuncia por el clima,
aroma,
aura.

Así como la lluvia
después de que desembarcaran las palabras
con sus instrumentos.

El sol con sus tambores.
El amor,
con su triste violoncelo.



Pesquisa

Fui a buscar en tu cuerpo
moras recién cogidas.
Quedó, ardiendo en los labios,
un áspero gusto de vida.

Quise dejar en tu cuerpo
las marcas de mi deseo.
Si extiendo las manos, no alcanzo.
Si cierro los ojos, no veo.

En tu cuerpo yo busco
el desvarío de los sentidos.
Por valles y montañas
avienta el viento tus gemidos.

Quería porque quería
destapar tus secretos.
La noche me dice: es tarde.
Las nubes responden: es pronto.

Siempre pensé en tu cuerpo
como en un velero sobre las ondas.
Si decido gritar tu nombre
tal vez el eco responda.



La pasión

La pasión es un incendio
en la fábrica de fuegos de artificio.
La pasión es un baile
al borde del precipicio.

La pasión afila las uñas
con gestos angelicales.
Enseñan a coger petunias
mientras que afila puñales.

Cuando la pasión acaba
el mito se quiebra.
Y queda la sensación de un viaje
contra una lluvia de piedras.



Gaudêncio Sete Luas

La luna es un tiro al blanco,
y las estrellas, bala y bala.
Viene el minuano y yo me salvo
bajo mi sombrero de ala.

Si retumba la gritería,
relampaguea mi machete.
Quien no muestra valentía,
en la pelea, desaparece.

Marqué la paleta de la noche
con el sol que es hierro en brasa.
Y el día llegó mugiendo
para bañarse en agua calma.

Para calentarme, mate caliente,
para refrescarme, helada fría.
No se queda para ser simiente
quien nació en la ventisca.

1 Minuano: viento del sudoeste, seco y frío, que sopla en invierno, después de las lluvias, en el sur de Brasil.



Extraídos de
ANTOLOGÍA DE LA POESÍA BRASILEÑA
Org. de Xosé Lois García
Santiago de Compostela: Edicions Laiovento, 2001
ISBN 84-8487-001-4


GAUDENCIO SIETE LUNAS VALORA SU GUITARRA

Lo que me prende a la guitarra
no es su forma de abrazo.
Esta guitarra me amarra
con sus redes de acero.

Guitarra es cuya con bomba,
observen la semejanza:
si en el mate  la pampa es sabia
en la guitarra la pampa es danza.

Tiene pájaros cautivos
esta guitarra sonora.
Si enteabro sus cuerdas
los pájaros se alejan.

Es guitarra de alambrada,
donde el viento llora por la mañana.
Guitarra, tienes potros salvajes
galopando en las entrañas.


GALLINEROS

La gallina nube-blanca
pone un huevo, luna llena.
Una nidada de estrellas
por la hierba del cielo pasea.

Gallo-sol, plumas doradas
abre las alas, nace la aurora.
Tus nubes cambian de plumas
cuando la nieve cae afuera.

Nube blanca cubre la luna
está incubanco otro pollito.
La madrugada está clareando.
Es otro gallo. Presiento.


LOS SANTURRONES DEL FERRABLÁS

Masacre 1 – Sapiranga 1874

(monólogo de Jacobina)

Del abismo de mi sueño
traigo la luz de la verdad.
Anuncio el Fin de los Tiempos
para los campos y ciudades.
La Divina Naturaleza
hace de mí su voluntad.

A los enfermos traigo cura
que me revela la Divinidad.
De las Sagradas Escrituras
anuncio el amor y la caridad.
Ni bayonetas caladas
callarán mi verdad.

Los ángeles están conmigo,
yo traigo la Resurrección.
Al cerco del enemigo
no damos rendición.
Será la paz sobre cenizas.
Morimos con las armas en la mano.



QUÉ POBRES SON LOS POBRES DE MI PAÍS

Qué pobres son los pobres
los pobres de mi país.
En la piel morena de América
herida sin cicatriz.

Qué pobres son los pobres
los pobres de mi país.
Pobres a la orilla de la carretera
y en los peldaños de la matriz.

Qué pobres son los pobres
los pobres de mi país.
En la piel morena de América
herida sin cicatriz.

Qué pobres son los pobres
los pobres de mi país.
Todo el mundo oculta las culpas
solo es maldito quien maldice.

Qué pobres son los pobres
los pobres de mi país.


         Clássicos do Regionalismo Gaúcho (1994)



RELATO DE LAS RELACIONE DEL SOL
COM LAS AGUAS DEL GUAÍBA

Relato las relaciones
del sol
con las aguas del río.

Un sol amoroso penetra
lentamente
las aguas en celo.

Suave brisa
alevanta las sábanas
y el sol
se acuesta
en el lecho

Las aguas
con manos de seda
acarician un sol
aceptado.

Con el sol inmenso
en las aguas
una colcha púrpura
revela
que mismo en el fondo del lecho
mantiene encendidas el sol
sus claras
linternas.

                   Um Girassol na Neblina (1997)



                        A PAIXÃO

                   A paixão é um incêndio
na fábrica de fogos de artifício.
A paixão é um balé
à beira do precipício.

Quando a paixão termina
o mito se quebra.
E resta a sensação de uma viagem
contra uma chuva de pedra.



O BANHO

Como demora esse banho.
Envolta em toalhas
ela desfila entre espelhos
embaçados.

As lamparinas da nudez
conferem à pele
os vários tons da madrugada.



AS CHEIAS

Nessas ruas sem consolo
há um hidráulico erotismo.
Revelam formas fêmeas
os encharcados vestidos.

No aquário dos sapatos
sinto os pés como dois peixes.
Há dez dias que nas calhas
lê a chuva o mesmo texto.



LUA CHEIA

Duas gotas de sangue nas dunas,
duas rosas rubras na areia.
Se foi prazer ou suplício,
sabe o amor e a lua cheia.

Foi de amor esse gemido?
Ou foi de gozo esse grito?
Sabem tudo e nada dizem
as estrelas no infinito.

                            Amor, seja lá como for



GAUDÊNCIO SETE LUAS FALA DE CARTEADOS

Faço de banco a montanha,
ponho o sol de lamparina.
Um carteado tem mais manhas
que o vento na casuarina.

Se é mesa verde a colina,
Gaudêncio é carta marcada.
Rei-de-ouros para as chinas,
pros valentes rei-de-espadas.

Carteador dança ciranda,
nestas noites de serão.
Se o destino é quem nos manda,
tenho o destino nas mãos.

Clássicos do Regionalismo Gaúcho



PILCHAS

Não pensem que são pirilampos
essas estrelas lá fora.
É a lua clara dos campos
refletida nas esporas.

Se uso vincha na testa
é pra ver o mundo mais claro.
Não vendo o mundo por frestas
lhe posso fazer reparos.

Sem cinturão nem guaiaca
me sinto quase em pêlo.
Quando meu laço desata
sou carretel de novelo.

Da bodega levo um trago
para matar aminha sede.
Meu chapéu de aba quebrada
beija-santo-de-parede.

Atirei as boleadeiras
contra a noite que surgia.
Noite a dentro entre as estrelas
se tornaram três-marias.

Lunarejo - antologia poética regional



GAUDÊNCIO SETE LUAS AVALAI SUA GUITARRA

O que me prende à guitarra
não é sua forma de abraço.
esta guitarra me amarra
com suas rédeas de aço.

Guitarra é cuia com bomba,
reparem a semelhança:
se no mate o pampa é selva
na guitarra o pampa é dança.

tem pássaros cativos
guitarra sonora.
se entreabro suas cordas
os pássaros vão embora.

é guitarra o aramado,
onde o vento chora as manhas.
guitarra, tens potros xucros
galopando em tuas entranhas.



POLEIROS

A galinha nuvem-branca
pôs um ovo, lua cheia.
Uma ninhada de estrelas
na relva do céu passeia.

Galo-sol, penas doiradas
abre as asas, nasce a aurora.
As nuvens mudam de penas
quando a neve cai lá fora.

Nuvem-branca cobre a lua
ta chocando mais um pinto.
Madrugada tá clareando.
É mais um galo. Pressinto.



OS SANTORRÕES DO FERRABRÁS

Massacre 1 – Sapiranga 1874

(monólogo de Jacobina)

Do abismo de meu sono
eu trago a luz da verdade.
Anuncio o Fim dos tempos
para os campos e cidades.
A Divina Natureza
faz de mim sua vontade.

Aos enfermos trago a cura
que me revela a Divindade.
Das Sagradas Escrituras
prego o amor e a caridade.
Nem baionetas caladas
calarão minha verdade.

Os anjos estão comigo,
eu trago a Ressurreição.
Ao cerco do inimigo
nós não damos rendição.
Será a paz sobre cinzas.
Morremos de armas na mão.



COMO SÃO POBRES OS POBRES DO MEU PAÍS

Como são pobres os pobres,
os pobres do meu país.
Na pele morena da América
ferida sem cicatriz.

Como são pobres os pobres,
os pobres do meu país.
Pobres de beira de estrada
e dos degraus da matriz.


Como são pobres os pobres,
os pobres do meu país.
Na pele morena da América
ferida sem cicatriz.

Como são pobres os pobres,
os pobres do meu país.
Todo mundo oculta as culpas
só é maldito quem diz.

Como são pobres os pobres,
os pobres do meu país.



RELATO DAS RELAÇÕES DO SOL
COM AS ÁGUAS DO GUAÍBA

Relato as relações
do sol
com as águas do rio.

Um sol amoroso penetra
lentamente
as águas em cio.

Suave brisa
ergue os lençóis
e o sol
se deita
no leito.

As águas
com mãos de seda
acariciam um sol
aceito.

Com o sol imerso
nas águas
uma colcha púrpura
revela
que mesmo no fundo do leito
mantém acesas o sol
as suas claras
lanternas.


                   Um Girassol na Neblina (1997)




De
Luiz Coronel
CORAÇÃO FARROUPILHA
A poesia regional de Luiz Coronel. 
Porto Alegre:  Projetos editoriais, 2001.  74 p.  formato  26x26c, capa dura.   Capa e projeto gráfico de Péricles Gomide. Responsabilidade editorial de Nádia Franck Bergman. Impressão e acabamento da Edebra Indústria Gráfica e Editoral Ltada.  Patrocínio da Companhia Província de Crédito Imobiliário. Ilustrado com fotos e imagens coloridas manipuladas, algumas em páginas desdobráveis. Inclui um CD musical.  Col. A.M. (EE)



CORDAS DE ESPINHO

Geada vestiu de noiva
os galhos da pitangueira.
Ainda caso com Rosa
caso ela queira ou não queira.

Acordei minha viola
com seis cordas de espinho.,
Meu canto em cor de sangue
teu beijo gosto de vinho.

Pra domar o meu destino
comprei um buçal de prata.
Nenhum pesar me derruba
qualquer paixão me arrebata.

Fui aprender minha milonga
na água clara da fonte.
O canto do quero-quero
mais que um aviso é uma ponte.







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